¿Se acuerdan de este grito desgarrador que da William Wallace al final de “Brave Hart” cuando le están infligiendo la peor tortura a la que puedan someter a un hombre? Pues bien, mujeres, nosotras somos capaces de algo muy similar cuando, en buen chileno, los hinchamos al extremo con peticiones que restringen su libertad. ¿O creen que el hombre que hoy se pierde la primera transmisión de la final del Mundial de Fútbol por llevar a los niños al Mampato lo hace por voluntad propia?, ¿o que el vecino por iniciativa personal, a pesar de que trabaja en Huechuraba, se lleva el auto chico de la casa y le deja la 4×4 a la gordi que no labora sólo para que vaya al supermercado, sorteando con seguridad tanto lomo de toro y evento que hay en las calles? Noo. Tras estos ejemplares comportamientos hay una mujer pidiéndolos.
Tengo una amiga que adora a su pareja y cree conocerlo muy bien. Tan bien, que cuando él le dijo que iría a un almuerzo de despedida de una compañera de trabajo, ella le espetó “que para qué iba, si él no es un tipo sociable”. Finalmente, ella lo llamó 10 veces al celular durante ese almuerzo, y él, no contestó. Cuando la llamó de vuelta, le explicó que había olvidado su teléfono en la oficina, ante lo cual ella argumentó que eso no era posible, puesto que “nunca se te queda el celular en ninguna parte”. El tipo es básicamente una buena pareja: protector, preocupado, generoso. Pero le bastó salirse un poco de la rutina para que a ella le brotara su parte más controladora. Seguramente, él no volverá a intentar tener “extraños” gestos de sociabilidad, y temerá no tener su celular siempre en el bolsillo. De alguna manera, perdió cierta libertad.
Por lo general, son los celos los que nos hacen caer en actitudes controladoras tipo “Área 12″ (serie ochentera en que policías estaban en constante patrullaje. Aplicado a nosotras, andar fijándonos en las patentes de sus autos para saber si están o no donde dijeron que estarían. Sí, pasa). O ese gusto de que las cosas se hagan a nuestra pinta, porque contamos con la convicción de que tenemos la razón. Cuidado. No estoy escribiendo para defenderlos, más bien para que no nos vean como carceleras, algo con lo que perdemos sensualidad y les recordamos la mejor parte del porqué se fueron de la casa de sus papás para vivir solos.
Pero, por otra parte, no quisiera desmerecer el olfato femenino. Hace poco, otra amiga, estaba viviendo el inicio de una aparente buena y sana relación. Incluso, la última movida de él había sido invitarla a Buenos Aires. Pero a ella, algo le “latió” diferente, y sin tener muy claro por qué, terminó en la puerta del departamento del susodicho. Tras chequear que el auto estaba estacionado, subió y pegó la oreja a la puerta. Escuchó la voz de una mujer y no dejó de tocar y tocar el timbre. Se fue de ahí sólo cuando apareció el conserje para avisarle que el Señor X no deseaba verla en esos instantes. Por suerte, infringir la libertad del individuo aclaró la película.
Para qué andamos con cosas, eso de tratar de no ser la mamá de nuestra pareja no nos resulta mucho, porque nos vemos obligadas a decir frases desde “deja la toalla colgada”, pasando por “¿dónde/con quién estás?”, hasta “¿cómo vas a ir a jugar a la pelota/playstation/póker dejándome con este alto de platos? Entonces, no nos confundamos, ¡claro que hay cosas que podemos y debemos pedirles! Pero ojo con peticiones machistas, esas que nos hacen ver débiles e inseguras, y que los hacen gritar a los cuatro vientos ¡¡Libertad!!! cual William Wallace sufriendo por el “apriete”, de ustedes ya saben donde…. \\
