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Carne y alcohol son verdaderos elixires que les sueltan la lengua a los hombres. ¡Pucha que me gustan los asados bien regados! Y no porque yo coma en ellos, porque de hecho soy naturista, sino porque son valiosas instancias de “nutrición” temática para mis columnas. Por ejemplo, el fin de semana conocí a dos hombres de 47 años, uno de ellos casado, pero haciendo mucha gala de un agitado pasado sexual, y otro, un separado de discurso juvenil y con mucha cuerda erótica todavía. Todo lo que se hablaba en esa mesa era con doble sentido, que cómo que no me gustaba  “carne cruda”, o tallas de ese tipo. Y de tanto hablar del corte perfecto parrillero, los machos presentes derivaron al sabor y textura de la carne femenina, diferenciándola entre aquella con y sin pabellón/bisturí de por medio. “Es extraña la sensación de quitarles el sostén y ¡zaa! ¡gravedad cero!”, comentaba un dulce treintañero, a lo que otro par le complementó: “sí, pero se agradece la vista de los escotes al convertirse en Silicon Valley”.

Pero faltaba la visión de los que habían nacido pasadito la mitad de siglo 20. “Yo he tenido… ¡uf!, muchas mujeres, y si bien me encanta que sean guapas, eso de que se vean tan perfectitas de físico como que ya no me provoca tanto, ahora busco la armonía, incluso acepto un rollito discreto por allí o por acá”, dijo uno. El otro me descolocó. Puso un tema en el tapete que juro jamás en mi vida habría pensado que un hombre tuviera el descaro de tocar: todas deberíamos ser como en la película que protagonizó Nicole Kidman, Mujeres Perfectas, en las que a las féminas se les insertaban varios chips que tenían preprogramadas múltiples actividades, siendo la más llamativa de todas aquellas frases otorgadas en el fragor de la batalla sexual: “¡sí mi amor, eres el mejor, no puedo creer lo increíble que eres!”, además de un control remoto que regulaba el tamaño de las pechugas a voluntad del marido.

Bonito. Después de insultar su machismo un rato, pensé que si ya nos exigen más de 90 de pechugas, cinturita de 60, sinuosas curvas posteriores, sin celulitis, sin estrías, piel como si nunca en tu vida hubieras tenido ni un pelo, ser suave como seda y ojalá medio bronceaditas, y que más encima sueñen con que eso puede ser controlado por el aparatito que más aman en su vida, ¡ah, no, me rindo!

¿Y ellos? Si la crítica o sugerencia viniera de Brad Pitt o George Clooney, venga, capaz que hasta tomara hora con el doctor Valdés, pero los chilenitos, en su mayoría con los pasajes comprados rumbo a Pelequén hace rato, con la ponchera ad portas y más encima a mucha honra de aquello, ¡nadie puede!

Me acordé que el gran amor de mi vida una vez ofreció pagarme una lipoescultura, y si bien una parte de mí gritó “¡eeehhhh!”, otra dijo “¡buuuu!, no me quiere tal cual soy”. Y yo quiero que me quieran con mi digna dosis de grasita. Ahora, como la vida me ha enseñado a no decir “de esta agua no beberé”, probablemente llegará el día en que, en lenguaje tuerca, sería recomendable me pegue una “recauchada”, pero mientras seguiré luchando, a punta de cremas y ejercicios, por mantener el encanto de un “modelito clásico”. \\

Fuente: La Tercera del Fomingo!!

2 comentarios para “Full plastic”

  1. Muy buen articulo

  2. Muy buena la columna.. qieros eguir leyendo más de ella..

    felicitaciones

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