tran.jpg

COMO HE VUELTO A CREER EN EL AMOR y ando cantando canciones melosas y viéndole el lado positivo a todo, no me había dado cuenta del despelote en el que se había convertido el Transantiago. Tanta cercanía de los unos con los otros, de esto con aquello, no faltando el que se pasa de “amoroso”, casi susurrándote al oído la canción que va escuchando en el iPod. Y ahora que estoy en una oficina en el centro me he visto obligada a dejar mi autito en casa y andar en metro y micro, y le pido a mi galán que me espere en alguna estación o paradero.

Ayer me subí a una micro sin mayor dificultad, rumbo a mi hogar, y cuando quedaban pocas cuadras para bajarme sentí unos roces muy bailarines y desagradables a la altura de mi muslo izquierdo. Lo dejé pasar. Pero cuando volvió a suceder se me vinieron a la cabeza todos estos casos de abusadores escondidos en la impunidad del gentío, y me subió una furia, a tal nivel, que no pude evitar decirle a viva voz al tipo ese: “¡¿Quieres salir en la tele por acoso sexual, desgraciado?!”. Todo el mundo lo miró. Justo paramos y vi a mi héroe, esperándome. El susodicho también se bajó, así que no pude hacer otra cosa que decir: “Mi amor, ¡ese hombre me estaba toqueteando!”. Silencio. Se miran. “¡Cacho Fernández!”, exclamó mi entonces ya antihéroe. Se abrazaron y ahí comenzaron a contarme que eran partners en la Universidad Católica y que jugaban fútbol en la liga universitaria. ¡Lindo! Toma mi brazo y dice: “Te presento a la Mima”. Yo, roja de vergüenza y rabia, respondo: “Te presento a mi agresor sexual”. El tipo se larga a reír. “Oye, te juro que no fui yo. Mira, si en esta mano llevo mi maletín y en la otra esta bolsa, ¡cero posibilidad! En todo caso, dirigiéndose a su amigo me dijo: “Felicitó a su mujer, compadre, ¡es una fiera para defenderse!”. Ya sin palabras ni pruebas incriminatorias, me sentí una tonta. “¿Vamos?”, fue lo único que atiné a decir.

Una vez en casa me preguntó con tranquilidad qué es lo que había pasado, pero a mí me sonó a interrogatorio con tonito de carabinero recién graduado, como poniendo en duda todo, lo que me hizo recordar algo de hacía miles de años. Él tenía una dobermann a la cual adoraba y ella era muy regalona. Una vez, estando “los tres” en la cama viendo televisión, él salió y me quedé sola con la bestia. Se me acercó con sigilo y en silencio me tiró un tarascón que alcancé a esquivar, dejando sólo la marca del roce de uno de sus colmillos en mi mejilla. Grité, le conté lo sucedido, y… no me creyó. “¡Pero si ella sería incapaz de hacer algo así!”. Creo que estuve enojada como una semana por ese incidente, ¡mira que tener menos credibilidad que un perro!

Volviendo al presente, y temiendo que otra vez no le pareciera sensato mi relato, que tenía esta vez a un amigo de protagonista, le representé lo ocurrido en la micro paso a paso. Actuamos con maletín y bolsa, tal como lo dijo el “inculpado”, y ahí me di cuenta de que efectivamente pudo haber sido el roce del maletín. Nos dio un ataque de risa y ahí se me quitó el enojo con el Transantiago. ¡Ah!, y con Zamorano también.

Por: Mima Fellini en la revista Mujer

2 comentarios para “Un Transantiago llamado deseo”

  1. guaaaaaaaajajaj

    notable relato, está complicado el metro, hay veces en que uno “toca” sin querer, aunque queriendo, pero sin querer igual.

  2. bueno en el metro estoy practicando el arte del chanchito de tierra onda me enrollo y dejo que me suban llega a ser entretenido… jajajaja!

Deje su comentario